El paseo

La primera bicicleta que obtuve fue en mi primera comunión, siempre deseaba pedalear con ella, junto a mi hermano íbamos de paseaos cerca del garaje donde las guardábamos, delante en una parcela de carretera, césped y tierra, con distintas bajadas o subidas, donde se situaba el centro primario de salud, la biblioteca, la guardería, el casal de día para las personas de la tercera edad y un local al que llamamos casal donde siempre ocurrían los acontecimientos más importantes del pueblo. Recuerdo el miedo en los ojos de mi madre cuando íbamos solos, y la voluntad de mi padre que siempre nos decía que fuéramos, y así lo hacíamos durante unas horas, con el tiempo se agrandaba más nuestro rincón de paseo con bicicleta, por el bosque, por todo el pueblo. Caídas, saltos, pero todo envuelto a la experiencia de la vivencia del recorrido, la velocidad y la independencia de huir sin tener que irse. La velocidad, el placer de sentirte en plena naturaleza, y el camino que fortalecía los temores, sin rondines, tan solo nosotros con un hierro y dos ruedas. A pesar de las caídas, o las heridas, volvíamos a subir y volvíamos a intentarlo tantas veces, como fuera necesario y disfrutar de ese entretenimiento, un deporte placentero.